Mirar al pasado con ojos de futuro

 

El que una ciudad sea capaz de dar el máximo valor añadido a sus recursos tanto para generar dinamismo interno como para atraer flujos externos (capitales, mercancías, conocimientos e información, y personas) depende no sólo de su capital humano y social  sino también de las sinergias que sea capaz de producir y generar junto a otras urbes con las que comparta intereses y objetivos comunes.

Por otro lado, se ha demostrado que las ciudades que progresan aceleradamente en un determinado momento, han tenido una configuración de percepciones, de valores y creencias comunes que las han hecho progresar. En este sentido, es fundamental la percepción de que el futuro puede ser mejor, de que la ciudadanía tiene un papel activo y de que su confianza en las administraciones abre el camino hacia el futuro.

El trabajo que llevamos haciendo diez años en Sevilla pasa por poner en práctica la frase de Hanna Arendt: “Mirar al pasado con ojos de futuro”.

Sevilla ha sido siempre un NoDo entre culturas, es decir, un lugar de encuentro entre quienes son diferentes. Ahora, en pleno siglo XXI, este NoDo entre culturas pasa por la articulación de políticas y estrategias entre continentes alejados tecnológica y culturalmente para fortalecer el desarrollo humano del planeta y la convivencia a partir del conocimiento y el respeto basado en los derechos humanos.

Sevilla tiene la legitimidad histórica y la personalidad como ciudad para jugar a fondo este papel. Porque Sevilla es la capital de Andalucía, la capital de la macrorregión del Sur de Europa. Y es precisamente esa personalidad propia la que la hace reconocible a nivel externo e interno y, por lo tanto, atractiva para el talento, la tecnología, el turismo y las inversiones.

En esa personalidad de la que  hablo se encierra precisamente el secreto de nuestra política de internacionalización para Sevilla. Yo como alcalde,  creo que el progreso y la transformación de una ciudad como Sevilla debe ser contínua y constante y en ello estamos trabajando. Y no es tarea fácil en una ciudad como la mía.

De manera minoritaria, aunque con cierta presencia pública, se constata en Sevilla, al igual que en no pocas ciudades europeas con un esplendoroso pasado, la presencia de una corriente de pensamiento caracterizada por idealizar acríticamente el pasado y considerar que ningún tiempo presente ni futuro puede asimilarse a dicho pasado histórico.

Es una corriente que tiende a dar escaso valor a todo tipo de realizaciones y proyectos en marcha, y desestima los aspectos de oportunidad que conlleva. Los individuos y colectivos que piensan de esta manera tienen espectativas muy bajas respecto al futuro (nada cambiará a mejor) y también respecto a quienes (actores económicos y sociales e instituciones) plantean la modernización y la competitividad de la ciudad.

Pero yo creo firmemente que una ciudad histórica, como la nuestra, podemos progresar dándole al pasado valor de futuro, uniendo tradición y modernidad. Se trata de adquirir ilusión, confianza y compromiso en el porvenir a partir de la visión de la grandeza del pasado puesto que en Sevilla lo que hoy se considera tradición en el pasado fue innovación y sus creadores, destacados vanguardistas para su época.

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