Oda a la crítica

Toqué mi libro: era compacto,

firme, arqueado

como una nave blanca, entreabierto

como una nueva rosa, era para mis ojos

un molino, de cada hoja

la flor del pan crecía sobre mi libro:

me cegué con mis rayos, me sentí demasiado

satisfecho, perdí tierra,

comencé a caminar envuelto en nubes

y entonces, camarada, me bajaste a la vida,

una sola palabra me mostró de repente

cuanto dejé de hacer y cuanto pude

avanzar con mi fuerza y mi ternura,

navegar con la nave de mi canto.

Volví más verdadero,

enriquecido, tomé cuanto tenía

y cuanto tienes, cuanto anduviste tú

sobre la tierra, cuanto vieron

tus ojos, cuanto

luchó tu corazón día tras día

se dispuso a mi lado, numeroso,

y levanté la harina de mi canto,

la flor del pan acrecentó su aroma.

Gracias te digo, crítica,

motor claro del mundo, ciencia pura,

signo de la velocidad, aceite

de la eterna rueda humana, espada de oro,

piedra de la estructura.

Crítica, tú no traes la espesa gota

sucia de la envidia,

la personal guadaña

o el ambiguo, encrespado

gusanillo del café rencoroso:

no eres tampoco el juego

del viejo tragasables y sus tribus,

ni la pérfida cola

de la feudal serpiente

siempre enroscada en su exquisita rama.

Crítica, eres mano constructora,

burbuja del nivel, línea de acero, palpitación de clase.

Con una sola vida no aprenderé bastante.

Con la luz de otras vidas vivirán otras vidas en mi canto.

 

Pablo Neruda

 

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