Coherencias y paradojas: Sevilla 1999

Los resultados del 13-J en Andalucía han configurado unas posibilidades y certezas, pero sobre todo una dualidad tan terrible en Sevilla, que cuesta no entregarse a lecturas apasionadas, a adjetivos fulminantes. Pero más que nunca se requiere en esta hora de la ecuanimidad, no sea que alguna imprudencia malogre algún precioso fruto.

Se apostaba, ya lo recordarán, por una reedición de los pactos de progreso del 79. Mas he aquí que viene a descalabrarse IU y por poco nos arruina toda la arquitectura de la izquierda. Suerte que la mayoría de sus votos desesperados fueron al PSOE, donde resultan más útiles. Pero otros se perdieron sin remedio en ese escalofriante pozo del sobre vacío. No parece sino que Julio Anguita y su cohorte le hubieran tomado gusto a perder un millón de votos por campaña. Allá ellos, y sus sermones de fin de milenio. Pero que no destruyan, por favor, el trabajo bien hecho, abnegado y paciente de muchos concejales suyos. Caso de Sevilla, entre los más sangrantes. Menos mal que con lo que les queda aún podremos recomponer algunas alcaldías y diputaciones. Pero a ver cómo arreglamos eso, lo de Sevilla. Se cansó Soledad Becerril de reclamar, implorar casi, una mayoría absoluta para poderse zafar de su sociedad, molesta y agotada, con Rojas-Marcos. Y en el asunto clave llegó a decir: “Yo hubiera hecho otra política urbanística”. ¿Y ahora qué? ¿Renegar de lo renegado? ¿Poner al díscolo de rodillas? ¿Pastelear en la sombra otra vez? Puede intentarlo. Pero ojos tiene la ciudad, y memoria. Frente a ella, un Sánchez Monteseirín con su bagaje intacto. La espectacular subida del PSOE en la provincia mucho tiene que ver con su gestión al frente de la Diputación. Pero importa aún más su discurso político: reconstruir la mayoría natural de esta ciudad, herida e hipotecada por el retorno de las viejas maneras, el rancio abolengo, las plusvalías fáciles. Nuevo modelo de gestión, consenso, progreso. Pero hay que sumar. Pizarro, el de IU, dice que no se monta en el mismo vehículo donde esté Rojas-Marcos. Comprensible, por la rabia, pero no por la idea. Ahora la idea es otra: convocar, pactar en firme, con pelos y señales, con luz y taquígrafos. Y no sólo porque eso sea bueno en sí mismo, sino porque podrán controlar desde dentro lo que se firme; bueno para la credibilidad de IU, en su nueva andadura, y por qué no decirlo: porque se lo merecen, tras ocho años de magnífico y agotador esfuerzo contra los gigantes de la caverna. Y Rojas-Marcos. Nada sería más fácil que ironizar sobre un lapsus que tuvo el domingo su secretario de comunicación: “Todavía no hemos abierto la taquilla”. Pero no se lo tomaremos en cuenta. Una imagen infeliz. Se comprende que ha tenido el presidente del PA una mala temporada; que ha debido tragarse muchos sapos para sacar adelante a un partido modesto en una ciudad impía, una ciudad donde medran los usureros, antiguos y modernos, los especuladores, los oportunistas de medio pelo. A lo mejor a estas horas hasta siente, con alivio, la posibilidad de mandarlos a todos a ese sinónimo de cosa que se inventó Felipe González. O puede que le pesen demasiado los compromisos, y que algunos sean irremediables. Pronto lo veremos.

(Antonio Rodríguez Almodóvar, en EL PAÍS, hoy hace once años)

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