«Alfredo, es la primera vez que Sevilla viene a mí»

Gloritea Rafael Montesinos

Pronunciar el apellido Montesinos significa de inmediato evocar Sevilla, escribir y describir esta ciudad desde la nostalgia, a través de una poética y de una estética del recuerdo. Naturalmente, nací en Sevilla gustaba decir nuestro poeta y aquí se sitúa ese paraíso perdido de la infancia, esa búsqueda de la recuperación de lo irrecuperable que constituyen buena parte de las señas de identidad de su vida y de su obra poética.


Y unido al recuerdo de su ciudad, también a lo largo de su biografía y de su poesía, la figura de otro sevillano universal, Gustavo Adolfo Bécquer, de quien llegó a ser probablemente su mejor conocedor. El catedrático Rogelio Reyes define con precisión las vinculaciones entre los dos poetas, ambos nacidos en el barrio de San Lorenzo: …becqueriano de patria y de aflicción, enfermo, como el gran poeta, de todas las irreparables melancolías de la memoria y, al igual que él, cultivador impenitente del jardín del tiempo que todo lo borra y todo lo recrea.
Ante la obra de un auténtico clásico, como sólo puede definirse la obra de Montesinos, la ciudad de Sevilla tiene encomendada, junto a sus herederos, el deber inexcusable de mantener y difundir la obra y la memoria del poeta de la nostalgia y del recuerdo. Un homenaje permanente que a la vez es una necesidad para que los sevillanos y las sevillanas puedan leer a uno de sus más grandes poetas. En este sentido sólo quiero mencionar dos proyectos que se harán realidad en fechas muy próximas: por un lado, el traslado de los restos mortales del poeta del nicho del Cementerio donde descansan al que se conocerá como Rincón de los Poetas del Cementerio de San Fernando. La voluntad de Montesinos quedará mejor cumplida como él mismo exclama en su poema-epitafio: He vivido cuatro días; tres no fueron sevillanos. Llevadme a la patria mía. El segundo de nuestros compromisos hechos realidad es la edición por el Ayuntamiento de sus artículos periodísticos sobre la ciudad, una joya de su obra en prosa que se titulará Diálogos en la acera izquierda de la Avenida, con prólogo de su hijo Rafael César Montesinos Calvo. Este libro ayudará de forma notable al conocimiento y difusión de la obra menos conocida pero de un enorme interés para la ciudad.

En el homenaje que nuestro Ayuntamiento rindió al maestro en el mes de octubre del año 2000 se afirmó que las dos labores que, perfectamente separadas, ha ejercido Montesinos a lo largo de más de cincuenta años, la de poeta y la de crítico, han servido para rendir un permanente homenaje a su ciudad natal. Parece justo que, en buena correspondencia, nosotros, los sevillanos y sevillanas procuremos hacer cumplir su voluntad y leer su herencia.

SENCILLO Y GRANDE

Antonio Burgos quien nos dio el aviso: Montesinos se nos moría en Madrid. Debíamos hacer algo, en nombre de la ciudad que le vio nacer. Mi primera reacción fue acercarme al Ramón y Cajal a visitarle. Y, hoy, a pesar de la tristeza por su pérdida, puedo decir de corazón: ¡Cuánto me alegro de haberlo hecho! Una sencilla habitación, una mujer al pie de la cama de Rafael. «Creí que era una broma de mis sobrinos», balbuceaba el poeta emocionado, emocionándome. Quise verlo mucho mejor de salud. Y así lo ví con el corazón.

Y, con esa ilusión, hablamos. Él, de su próximo libro, «La vanidad de las cenizas»; «hecho en Sevilla», me dijo. Prometió enviarnos el primer ejemplar. Yo le hablé de nuestra ambicionada «Casa de los Poetas». Y de Bécquer. Él, de su calle Santa Clara natal, planta baja. Yo, de la plaza de San Lorenzo, del monumento recién erguido a Juan de Mesa, de mi gente de ese barrio tan grande y sencillo. Y él, de nuevo emotivo, de su poema: «Tan chiquito como la calle Eslava». Me invitó a visitar su casa de Madrid cuando se recuperara. Su mujer asentía y corroboraba -triste, muy triste, Dios mío- sus palabras, reiterativas, presumiendo de las cosas de Sevilla, tantas y tan hermosas, que adornaban su hogar junto al Retiro. También a las referencias a esa humedad de nuestra ciudad, tan tópica y tan real como la calor, sobre todo para la mala salud de hierro de nuestros mayores, él mismo incluido. Hoy, al llorar su pérdida, queremos compartir apresuradamente con todos los sevillanos la ternura de aquel momento.

Murió sin saber que se moría, quizás más feliz que nunca. Me lo dijo así, tras insistirme mil veces, sin conseguirlo, para que le tuteara: «Alfredo, es la primera vez que Sevilla viene a mí». (ALFREDO SÁNCHEZ MONTESEIRÍN/ABC/6-3-2005)

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