Sevilla, capital de dos mundos

logo-ngNúm. 60, pág. 76HN_60_PORTADA-ok

 

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Sevilla, capital de dos mundos

En el siglo XVI, Sevilla se convirtió en la puerta de América en Europa, el lugar donde confluían las inagotables riquezas procedentes del Nuevo Mundo. El incesante movimiento de gentes y mercancías convirtió la ciudad en una de las mayores y más animadas urbes de Europa.

Visitantes ilustres como Cervantes y Lope de Vega quedaron impresionados por los monumentos, los palacios y, sobre todo, el incesante ajetreo que reinaba en la Sevilla del siglo XVI, cuando la capital andaluza era la ciudad más poblada y más rica de España y corazón de su Imperio transoceánico. Hasta la época del descubrimiento americano, en Sevilla permanecía la huella musulmana y medieval en su economía agraria, su población y su paisaje urbano; un mundo que se integraría y se fundiría con otro nuevo: el resultante de la sensibilidad renacentista y la prosperidad generada por el comercio indiano. Tanta notoriedad alcanzó Sevilla que el 10 de marzo de 1526, el emperador Carlos V llegó a la ciudad para contraer matrimonio con su prima, la princesa Isabel de Portugal. De la inmensidad de su imperio territorial escogió Sevilla, ya que, desde que en 1503 se estableciese en ella, la ciudad era la capital de América y Europa. Ninguna torre de otra ciudad igualaba en altura, belleza y equilibrio a la torre de la Catedral, que sería bautizada como la Giralda. Mejor cercada que ninguna otra ciudad de su tiempo, su muralla, un cinturón de seis kilómetros de longitud, con 166 torres y más de una docena de puertas con sus nombres, era alta, soberbia, fuerte y ancha. Y los palacios de la aristocracia hispalense, cuyas fachadas lucían escudos y blasones familiares, eran los mejores y más hermosos de España. Desde las orillas del Guadalquivir, las flotas de Indias satisfacían la demanda americana de un sinfín de mercancías, desde aceitunas del Aljarafe sevillano, arados y machetes vizcaínos, sombreros portugueses, gorras de Toledo, peines de París, libros piadosos y obras de arte, camisas y jubones de Ruán, sedas de Granada, hasta esclavos negros de Angola. Y de las Indias llegaban metales preciosos, oro, plata, diamantes, materias primas y productos exóticos, que enriquecieron a la sociedad y al Estado moderno castellanos. En palabras de fray Tomás de Mercado, Sevilla se convirtió en «la más rica sin exageración que hay en todo el orbe». Personajes ilustres se instalaron en la ciudad, como Miguel de Cervantes Saavedra, que residió en ella entre 1587 y 1600. Aquella Sevilla dorada le sirvió de fuente de inspiración: era una ciudad universal, teatro del mundo y escenario de todo lo humano. En el siglo XVII, y ante las crecientes dificultades de los navíos para remontar el curso del Guadalquivir hasta el puerto hispalense, la ciudad perdió influencia, en favor de Cadiz, que la sustituyó como sede de la Casa de la Contratación.

 

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