Zaragoza y Sevilla: material para construir sueños.

Cuando paseamos por las calles de la Expo de Zaragoza, cuando visitamos sus pabellones, cuando disfrutamos de sus espectáculos, cuando nos empapamos de este ambiente tan especial que se genera en las “Expos”, en las buenas “Expos”, no puedo yo, como ningún sevillano de los muchos que aquí están viniendo, dejar de rememorar lo que fueron aquellos seis meses mágicos del 92 para Sevilla.

La Exposición Universal de 1992 ha sido un elemento clave de nuestra historia contemporánea como ciudad: lo fue antes, durante y después. En la economía, en las infraestructuras, en el urbanismo y los equipamientos, en la imagen, en las tecnologías…

Pero quiero empezar haciendo referencia a un aspecto, que no es de los más tratados, y sin embargo es el que la inmensa mayoría de los sevillanos atesora en su memoria. Para miles de ciudadanos y ciudadanas, de familias de Sevilla y de su entorno, “la Expo” es una parte entrañable de la memoria colectiva y personal. La inmensa mayoría recordamos aquella experiencia común con inmenso cariño, y nos sentimos orgullosos de haberlo vivido, de haber sido protagonistas de aquel momento. Todos tenemos la historia de nuestras vidas relacionada de una manera o de otra con aquel acontecimiento irrepetible. Por eso, y aunque no se suele hablar mucho de estas cuestiones, yo creo que el primer legado de la Exposición Universal para Sevilla es intangible. No se puede traducir ni en cifras ni en indicadores de ningún tipo. Tiene que ver con nuestra historia colectiva y con la intrahistoria de las vidas de miles de sevillanos y sevillanas.

Pero ojo: no estoy hablando de sentimentalismos, ni perdiendome en un lirismo vacío e inútil. Todo eso significa arraigo, pertenencia, buenos recuerdos, orgullo, autoestima. Y todas esas no son cosas baladíes. Son el material con el que se construyen los sueños. Materiales de los que la sociedad sevillana hizo buen acopio en esa época. Materiales que siguen siendo hoy la base de nuestras metas de futuro.

Materiales que han permitido sustituir el escepticismo permanente por la ilusión por proyectos de futuro. El pesimismo irredento por el optimismo educado. La desconfianza y el complejo de inferioridad, por la autoestima y la fe en las capacidades propias.

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