Sí,que bello abril,Lucía

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 Un grupo de ciudadanos hace cola a las tres de la tarde para coger el medio de transporte que les llevará a su casa: la bicicleta. Por la Avenida, el Metrocentro traslada a miles de personas hasta el Prado, como pronto hará hasta San Bernardo y hasta la estación de Santa Justa. El Metro tiene en marcha la cuenta atrás de su apertura. Miles de viviendas protegidas están en marcha, como otros muchos proyectos de la ciudad: nuevas rondas de circunvalación, ampliados anillos de cercanías, construcción de aparcamientos públicos y privados, embellecimiento de las zonas más vistosas de las ciudad; centros de salud, cívicos, de albergue y de atención social; recuperación turística, ambiental, de ocio y económica del río Guadalquivir y sus orillas urbanas.

Y así, ante la evidencia de una ciudad que se renueva y que cree ya rotundamente en que otra Sevilla es posible, la única respuesta posible de los detractores sempiternos de los avances de la ciudad, incluida también la derecha política, es recurrir al consabido manual para agoreros. Una manoseada cartilla que incluye un argumentario más que repetido, tal que así: rechazo de toda renovación o cambio en Sevilla.

Esta postura pasa por distintas fases, como el duelo o como la embriaguez. En principio, está la fase de incredulidad manifiesta ante cualquier proyecto de la ciudad, propuestas que son tachadas sin excepción de brindis al sol. Todo es una estratagema del gobierno para desviar la atención, todo es virtual, todo es humo, todo es irreal. Luego, mas adelante, llega la fase de negación de la evidencia. Ocurre cuando el proyecto está tomando cuerpo, transitando por los distintos tramos ejecutivos, pero se intenta negar su existencia. Luego viene la fase de críticas colaterales. Esto sucede cuando el proyecto ya no se puede negar más, pues está en pleno desarrollo, en medio de la calle. Entonces, habida cuenta de que el toro del progreso está a punto de pillarle a uno, no queda más que tirarse al callejón de la crítica colateral: ahora lo que se critican son los plazos, los costes, las incomodidades de las obras. Y así se va mal que bien tirando adornándose como pueden en el duro ejercicio de oponerse al progreso de la ciudad.

Finalmente, cuando este argumento se les agota, entonces en una suerte de cierre del ciclo, se acude al lamento de parálisis: ahora, se pasa directamente de quejarse por las obras al “aquí no se hace nada”. Y desde aquí se puede enlazar perfectamente con la primera fase, de incredulidad manifiesta, llegado el momento en que se pone en marcha otra nueva iniciativa de la ciudad. Del apocalipsis al acabóse.

Entiendo que adentrarse en los entresijos del funcionamiento argumental de los cenizos locales tenga un interés limitado para la mayoría de los sevillanos. Sobre todo cuando perciben ni más ni menos que una profunda transformación en las formas y los modos de la ciudad, cuando la evidencia, vista con los ojos limpios, nos demuestra que estamos entre todos cambiando el escenario urbano en el que nos desenvolvemos cotidianamente.

Si las formas de transporte han iniciado una revolución, un proceso que está en marcha imparable y del que sólo vemos aún el principio y miles de ciudadanos están consiguiendo vivir en viviendas de protección oficial, lo cual antes era poco menos que un imposible, en este momento, se desarrollan, sin prisas pero sin pausas, al ritmo de las grandes obras públicas, transformaciones urbanas del máximo nivel y barrios que estaban olvidados van conociendo reformas, arreglos y equipamientos esperados durante décadas…

Por supuesto que queda mucho por hacer. Por eso no paramos, no dejamos nunca de avanzar, siguiendo un modelo bien planeado y con energías sobradas para llevarlo adelante. La ciudadanía en general sabe que no debe de hacer caso a los portavoces del “mal rollo”. Si así fuera, si les hubiéramos hecho caso, la Alameda de Hércules seguiría degradándose en todos los sentidos, como la plaza de la Alfalfa, la Encarnación agonizaría esperando salir de su provisionalidad de décadas, las empresas municipales, aisladas, caminarían hacia la privatización, el transporte público, acorralado, fenecería.

Ni la Avenida ni la Plaza Nueva serían peatonales ni los barrios habrían tenido arreglos (era imposible su financiación, según decían), y, claro, eso sí, Tablada sería una urbanización para privilegiados. Todos sabemos que si les hubiéramos hecho caso, no habríamos tenido ni la Exposición Universal del 92 siquiera (y hubo quién públicamente propuso, en cierto momento, que debíamos de renunciar a ella por dignidad). Y ahora vuelven a la carga como si nada.

Pero en Sevilla hemos aprendido ya a defender el optimismo, la alegría sensata de una comunidad que apuesta y cree que la renovación de la ciudad es posible. Y la impulsa, la asume, la protagoniza. Desde lo público y desde lo privado, dejando atrás el lamento y haciendo sitio a la iniciativa, como son los casos de muchos empresarios, grandes como Abengoa, Cruzcampo, EADS CASA, etc… y tantos pequeños y medianos de todo orden que sería imposible citar a todos.

Ante los intentos de desmotivación de los de siempre y sus argumentos caducados, la confianza de una comunidad ciudadana cuyos planteamientos y aspiraciones, acerca de sí misma y de Sevilla, cada vez se diferencian más de lo que algunos tienen en la cabeza. Y ahora me quedo con Fito Páez: “¡Dios santo, qué bello abril! ” .

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